Pablo Borrego | El Pentágono se ha gastado más de 700 millones de euros en un nuevo rompehielos, quitándole incluso algo de presupuesto al muro de Trump. ¿Y por qué? Pues porque es la única manera de hacer frente a la poderosa flota de más de cuarenta rompehielos que tiene en su haber Rusia en pleno ártico.

Aquí hay una guerra silenciosa por acceder a las grandes bolsas de petróleo y gas que existen bajo el hielo y sobre todo por controlar una nueva ruta que puede alterar el estado del comercio mundial como nadie imagina.

El ártico es un pedazo de hielo gigante de más de siete millones y medio de kilómetros cuadrados. Un lugar remoto y helado sobre el que hasta siete países reclaman soberanía. Y a todos les están entrando prisas por controlarlo. Y Rusia tiene las de ganar. Esta urgencia por tener rompehielos viene porque el ártico se está derritiendo a un ritmo vertiginoso, tanto en extensión como en volumen por el cambio climático. El deshielo está despejando la ruta marítima del norte, una vía abierta entre los meses de junio y noviembre, que conecta Europa y Asia por el sombrero del mundo. Este canal, hasta hace unos años intransitable, permite viajar de Yokohama a Rotterdam en trece días menos de lo que cuesta actualmente a través del Canal de Suez.

Rompehielos ruso atracado en el Ártico

Aunque el tráfico aún es ligero y en su mayoría se transportan solo productos energéticos, en los últimos años el flujo ha aumentado considerablemente. De hecho, Rusia prevé cuadruplicar el volumen de aquí a 2025, hasta los ochenta millones de toneladas según Rosatom, la empresa estatal rusa encargada del transporte. Diversos estudios han calculado que la Ruta del Ártico podría ahorrar hasta un 40% de tiempo y distancia con respecto al Canal de Suez. Esto se traduciría en cientos de miles de dólares menos por viaje en combustible. Y claro, nadie se quiere quedar fuera.

El deshielo acelerado está haciendo que Rusia y EEUU se estén poniendo las pilas en la zona en el último año, sobre todo porque el Ártico es un tablero complejo en el que las fronteras ni siquiera están claramente trazadas. Los países reclaman más terreno del que se le reconoce internacionalmente. De hecho, Rusia, que es quien más territorio tiene en la zona, reclama que la ruta es suya y el resto argumenta que pueden viajar libremente por la vía.

Rusia justifica su reclamación por dos cadenas montañosas submarinas. Las aguas nacionales llegan hasta las 200 millas náuticas, sin embargo, existe un lío jurídico abierto por trazar las fronteras debajo del agua.

Pero si estamos hablando del ártico, no es ni por Rusia ni por las urgencias de Washington, sino por un actor inesperado que ni forma parte del Ártico: China. El año pasado, China publicó un paper donde proclamaba su nueva política sobre el Ártico. En él, unía explícitamente la Ruta del Ártico con su ambiciosa estrategia Belt and Road, apodándola la Ruta de la Seda Polar. En los últimos años, China ha invertido más de cien mil millones de dólares para diversificar sus fuentes energéticas y vías comerciales en el Ártico. Además, se ha unido a la carrera armamentística por la construcción de varios rompehielos y por supuesto Cosco, la empresa estatal china de transporte y logística, está jugando un papel fundamental. Pero la llegada de China a la zona viene reforzada por la nueva alianza militar con Rusia. Y esto está activando todas las alarmas en Washington.